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CONFERENCIA EPISCOPAL DE COLOMBIA

LXXXIII ASAMBLEA PLENARIA

(Bogotá, D.C., 2 al 6 de julio de 2007)



ALOCUCIÓN INAUGURAL
DEL EXCELENTÍSIMO MONSEÑOR
LUIS AUGUSTO CASTRO QUIROGA
ARZOBISPO DE TUNJA
PRESIDENTE DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL


Monseñor Beniamino Stella, Nuncio Apostólico y en quien vemos la presencia del Santo Padre en nuestra patria; señor Cardenal Pedro Rubiano Sáenz Arzobispo de Bogotá y Primado de Colombia; Monseñor Iván Antonio Marín López, Vicepresidente de la Conferencia Episcopal, Monseñor Fabián Marulanda López, Secretario General de la Conferencia Episcopal, apreciados Señores Arzobispos y Obispos, estimados sacerdotes y colaboradores del SPEC, Directivos del CELAM que nos acompañan y a quienes agradecemos la formidable organización de la V Conferencia del Episcopado Latinoamericano en Aparecida, directivos de la Conferencia de Religiosos de Colombia, Provinciales y Delegados de las Comunidades Religiosas presentes en esta Asamblea sobre la Vida Consagrada, invitados especiales, amables representantes de los medios de comunicación.

Deseo dar comienzo a esta Asamblea Plenaria del Episcopado invocando las luces del Espíritu Santo sobre todos nosotros, para que guíe nuestros pasos en esta reflexión atenta, cariñosa y pastoral que haremos sobre la Vida Consagrada y también en las diferentes decisiones que hemos de tomar para bien de la Iglesia y de la patria.

LA ASAMBLEA SOBRE LA VIDA CONSAGRADA

Cuando Pacomio (287-347) uno de los grandes fundadores de la Vida Religiosa, era interrogado sobre el motivo por el cual dio comienzo a una experiencia semejante, respondía: “Nuestra intención no es hacer algo diferente de la vida cristiana. Solamente queremos vivir la vida cristiana con tal intensidad, fidelidad y devoción que les recuerde incisiva y continuamente a todos los cristianos, cómo deben vivir su propia vida cristiana”.

Pero sucede que mucho antes de Santo Tomás de Aquino, pero más aún en su visión teológica (S.T.IIa IIae,q.188, a.6), esa función de los consagrados anotada por Pacomio, se atribuía al Obispo, el cual debía mostrar con su vida, cómo es el estado de perfección cristiana.

De manera que hay un vínculo especial entre el Obispo y la Vida Religiosa ya que los dos han sido llamados a la misma misión, como es mostrar la vida cristiana en su forma más perfecta. Encontramos así una bella comunión, desde sus orígenes, entre vida carismática y misión apostólica.

No podemos decir que tal misión y tal comunión sean de otros tiempos. Hoy es más necesaria que nunca. Religiosos Consagrados y Obispos, cada uno desde su ángulo apostólico, debe seguir mostrando la forma más bella de vivir la vida cristiana, centrada en el amor a Dios y en el amor al prójimo. Benedicto XVI lo expresaría diciendo que ambos están llamados a hacer visible el “sí” de la fe.

Por ello, esta Asamblea será muy provechosa no sólo para los consagrados que viven según los votos, sino para todos los Obispos presentes.

Es oportuno, a este punto, añadir otra observación teológica de Benedicto XVI válida para ambos y que resonó con frecuencia en Aparecida: “El inicio del ser cristiano no es una decisión ética o una gran idea, sino el encuentro con la Persona de Jesucristo”.

Hay que tener mucho cuidado cuando se habla del inicio del ser cristiano y se toma la expresión en sentido histórico. Hay que dejar de pensar que al inicio de la Vida Religiosa o de la vida de la Iglesia toda, el encuentro con la persona de Jesucristo, fuese algo insuperable, maravilloso, verdaderamente asunto de santos y en cambio, lo que vendría después, sería una especie de decaimiento, de degeneración, de empobrecimiento.

No hay tal. Como anotaba un docto religioso, “es costumbre de Dios el inspirar a los santos fundadores, y a veces directamente y en forma maravillosa, los principales rasgos de la obra que están llamados a realizar. Sin embargo, Él delega, y no raramente, una más precisa particularización, a las causas segundas, esto es, a los eventos y a la experiencia de la vida de los sucesores, a través de los cuales se da a la obra un desarrollo gradual I” .

Así que, por una parte, hay que seguir poniendo en práctica ese lejano llamado del Concilio Vaticano II de volver al carisma fundacional, y por otra, hay que valorar el ser y el hacer de tantos religiosos y de tantos Obispos y sacerdotes, que van construyendo un futuro nuevo, en la esperanza de que el Señor no abandona a su Iglesia y mucho menos en momentos difíciles.

Aparecida se ha expresado de los religiosos en palabras muy precisas: “Es significativo el testimonio de la Vida Consagrada, su aporte a la acción pastoral y su presencia en situaciones de pobreza, de riesgo y de frontera. Alienta la esperanza, el incremento de vocaciones para la vida contemplativa masculina y femenina”.

LA V CONFERENCIA DEL EPISCOPADO LATINOAMERICANO Y DEL CARIBE

La Iglesia en Aparecida decidió repensar y relanzar con fidelidad y audacia su misión en las nuevas circunstancias latinoamericanas y mundiales.

Se trata de confirmar, renovar y vitalizar la novedad del Evangelio arraigada en nuestra historia desde un encuentro personal y comunitario con Jesucristo que suscite discípulos y misioneros.

Conocer a Jesucristo es nuestro gozo
Seguirlo es una gracia
Transmitir este tesoro, es el encargo que se nos ha confiado.

Aparecida pudo constatar los grandes valores de nuestra Iglesia Católica en el continente americano. El amor a Jesucristo y la devoción a la Virgen María dentro de una rica y profunda religiosidad popular, tesoro precioso en la cual aparece el alma de los pueblos latinoamericanos; el empeño de la Iglesia en favor de los más pobres y su lucha valiente por la dignidad de cada ser humano; el testimonio de vida de su clero y su creatividad pastoral por lo cual el pueblo tiene un gran aprecio por los sacerdotes; la abnegada labor de misioneros y misioneras que conjugan evangelización y promoción humana; crecen los esfuerzos de renovación de las parroquias favoreciendo un encuentro con Jesucristo vivo.

Es significativo el testimonio de la Vida Consagrada. Se valoran los movimientos eclesiales y las nuevas comunidades.

La Doctrina Social de la Iglesia constituye una invaluable riqueza y ha animado el testimonio y la acción solidaria de los laicos y laicas.

En América Latina y el Caribe innumerables cristianos buscan configurarse con el Señor al encontrarlo en la escucha orante de la Palabra, al recibir su perdón en el sacramento de la reconciliación y su vida en la celebración de la Eucaristía.

Se constató también el fortalecimiento de regímenes democráticos y la creación de muchos espacios de participación política. Se apreció un esfuerzo de los Estados por definir y aplicar políticas públicas en los campos de la salud, educación y seguridad alimentaria, previsión social y vivienda. Los indígenas y afroamericanos buscan caminos y formas para reivindicar sus legítimos derechos. Por todo esto y mucho más, dimos gracias a Dios.

Aparecida, sin embargo, también prendió varias alarmas que nos movieron a asumir precisos desafíos. Me limito a diez alarmas por razones de espacio y de tiempo:

1. Percibimos, en muchos casos y niveles sociales, la ausencia de un sentido unitario de todo lo que existe con la consiguiente ansiedad y frustración. Se busca suplir al mismo con abundancia de información, pero esta solución es como si a un montón de ladrillos se le añaden otros más, esperando que así resulte un plano de construcción, una visión unitaria, una vocación de sentido. Ese sentido completo y unitario de la vida humana y de la realidad que los creyentes llamamos sentido religioso, es la respuesta que hoy a veces no se busca y a veces es rechazada aunque sea tan necesaria.

2. Percibimos un cambio de época cuyo nivel más profundo es el cultural con una sobrevaloración de la subjetividad individual que deja de lado la preocupación por el bien común, para dar paso a la realización inmediata de los deseos individuales bajo la conocida bandera de la plena y libre realización de la personalidad, en forma inmediatista y sin preocupación por criterios éticos.

3. Se percibe un cierto debilitamiento de la vida cristiana en el conjunto de la sociedad y de la pertenencia a la Iglesia. El rico tesoro del continente americano, su patrimonio más valioso, la fe en Dios amor, corre el riesgo de seguir erosionándose y diluyéndose en crecientes sectores de la población.

4. Falla la transmisión de la fe en la familia donde los padres están llamados a ser los primeros transmisores de la fe de sus hijos enseñándoles a través del ejemplo y la Palabra. La niñez constituye una ocasión maravillosa para la transmisión de la fe. Por eso, esta falla es gravísima.

5. Se percibe una evangelización con poco ardor y sin nuevos métodos y expresiones y un énfasis en el sacramentalismo sin el conveniente itinerario formativo.
6. Hay un alto porcentaje de católicos sin conciencia de su misión. De allí la insistencia continua en nuestra identidad de discípulos misioneros.

7. Una globalización sin solidaridad afecta negativamente a los sectores más pobres. Ya no se trata simplemente del fenómeno de la explotación y opresión sino de algo nuevo, la exclusión social. Los excluidos no son solamente explotados sino “sobrantes” y “desechables”.

8. Los jóvenes están afectados por una educación de baja calidad que los deja por debajo de los niveles de competitividad. Las crisis por las que atraviesa la familia hoy en día, les producen profundas carencias afectivas y conflictos emocionales.

9. Vemos una notable ausencia en el ámbito político, comunicativo y universitario de líderes católicos de fuerte personalidad, coherentes con sus convicciones éticas y religiosas.

10. Innumerables mujeres de toda condición no son valoradas en su dignidad, quedan con frecuencia solas y abandonadas, no se les reconoce su abnegado sacrificio y heroica generosidad en el cuidado y educación de los hijos ni en la transmisión de la fe en la familia.

Los desafíos fueron muchos y sólo enuncio diez:

1. Reconocer los aspectos positivos del cambio cultural como el valor fundamental de la persona, su subjetividad y experiencia, la búsqueda del sentido de la vida y la trascendencia, el valor de la sencillez, el reconocimiento en la existencia de lo débil y de lo pequeño. Este énfasis en el aprecio de la persona abre nuevos horizontes en donde la tradición cristiana adquiere renovado valor con su aprecio por la persona y la diversidad cultural.

2. Un imperativo que toca a todos nosotros es el contrarrestar la anticultura de la muerte con la cultura cristiana de la solidaridad teniendo presente, sin embargo, que el anuncio del Evangelio no puede prescindir de la cultura actual. Esta debe ser conocida, evaluada y en cierto sentido asumida por la Iglesia, como un lenguaje comprendido por nuestros contemporáneos. Sólo así la fe puede ser significativa para ellos, pero esta misma fe debe engendrar patrones culturales alternativos.

3. Revitalizar nuestro modo de ser católico. Nunca como hoy, tiempo de énfasis en la experiencia personal, subjetiva y vivencial, nos lleva a considerar el testimonio como un componente clave en la vivencia de la fe. El lenguaje testimonial se convierte en un punto de contacto decisivo. Es necesario rescatar el papel del sacerdote como formador de opinión.
4. Ante la salida de muchos católicos a otros grupos no por razones dogmáticas sino vivenciales, hemos de reforzar la experiencia religiosa, la vivencia comunitaria, la formación bíblico doctrinal y el compromiso misionero de toda la comunidad que sale al encuentro de los alejados.

5. Ante la escasez de personas que respondan a la vocación al sacerdocio y a la Vida Consagrada en América Latina y el Caribe, es urgente dar un cuidado especial a la promoción vocacional.

6. Debemos rescatar la identidad católica de nuestros centros educativos por medio de un impulso misionero valiente y audaz, de modo que llegue a ser una opción profética plasmada en una pastoral de la educación participativa.

7. Estamos llamados a asumir una actitud de permanente conversión pastoral que implica pasar de una pastoral de mera conservación a una pastoral decididamente misionera con procesos de iniciación que partan del kerygma. En esta línea, estamos invitados a imitar el modelo paradigmático de las primeras comunidades cristianas que buscaron nuevas formas para evangelizar. Como la Iglesia en sus inicios, podemos realizar con valentía y alegría la evangelización de la ciudad actual.

8. La opción preferencial por los pobres se reafirma como quiera que está implícita en nuestra fe cristológica. La misma implica formar en la ética cristiana que pone como desafío el bien común global. Todo proceso evangelizador debe implicar una promoción humana integral y una auténtica liberación, sin la cual no es posible un orden justo en la sociedad (DI 3).

9. Debemos asumir la preocupación por la familia, el valor tan querido por nuestros pueblos, como uno de los ejes transversales de toda la acción evangelizadora de la Iglesia. En toda Diócesis se requiere una pastoral familiar intensa y vigorosa.

10. Urge que todas las mujeres puedan participar plenamente en la vida eclesial, familiar, social, cultural y económica. Es necesario garantizar la efectiva presencia de la mujer en los ministerios que en la Iglesia son confiados a los laicos así como también en las instancias de planificación y decisión pastorales. Igualmente, hay que acompañar las asociaciones femeninas que luchan por superar situaciones difíciles de vulnerabilidad o exclusión.

Las fortalezas anotadas, las alarmas dadas y los desafíos propuestos, que son solamente una muestra, así como la totalidad del documento de Aparecida, serán sometidos a relectura, interpretación y aplicación cuidadosa desde nuestra realidad de Iglesia que peregrina en Colombia, en la reunión episcopal programada, a la cual sugeriría que se inviten también los Vicarios de Pastoral.

VALENTÍA DE MONSEÑOR FABIO BETANCUR TIRADO

Monseñor Fabio Betancur se encontró entre la espada y la pared al tener que escoger entre no aceptar una tutela con la consiguiente detención y tener que preservar el derecho de la Iglesia de mantener en forma privada todo lo relacionado con los procesos de admisión o exclusión del sacerdocio.

El Arzobispo optó por ser fiel a la Iglesia aunque ello le trajese los problemas conocidos. Él albergaba la confianza de que el Estado colombiano mantuviese los acuerdos firmados según la praxis concordataria entre el mismo y la Santa Sede. El ramo judicial del Estado desconoció el Tratado cuya validez fue anotada por la misma Cancillería a raíz de la advertencia del Señor Nuncio y condenó al Arzobispo. Como sabemos, esa condena no prosperó y esperamos que definitivamente sea anulada.

Una carta al Presidente de la República comunicó nuestra preocupación por la praxis adoptada en el ámbito judicial, que hacía caso omiso del Concordato.

Agradecemos a Monseñor Fabio Betancur por su valentía en defender los derechos de la Iglesia en Colombia.

Esta experiencia, sin embargo, nos deja muchas enseñanzas sea para diseñar nuestras relaciones con los organismos del Estado y para enfrentar posibles conflictos así como para blindar nuestras instituciones eclesiásticas, especialmente, los seminarios, de indebidas ingerencias. En muchas instancias, aún defendiendo el Concordato, debemos defendernos como si el Concordato no existiese.

PROCESO DE PAZ

La paz no es un elemento opcional dentro de la vida cristiana, algo así como una arandela, sino que es elemento constitutivo de la fe cristiana. Ella corresponde a las inclinaciones más sagradas de todo ser humano y del pueblo colombiano.

Por esta razón, es particularmente significativo el trabajo que silenciosamente adelantan sacerdotes, religiosas, religiosos y laicos en todos los rincones del país asumiendo día a día el acompañamiento de sus comunidades en medio de la confrontación armada. La primera y fundamental apuesta de la Iglesia por la paz está allí, en las personas, presentes en barrios, municipios, comunas y veredas, porque la paz cobra sentido en la transformación misma de la persona humana.

De otro lado, en coherencia con su misión y en correspondencia con el principio de que una paz sostenible y duradera implica el involucramiento de todos los actores armados ilegales, la Conferencia Episcopal ha visto la necesidad de hacer presencia en los momentos más significativos y determinantes del avance en los incipientes procesos que se adelantan con cada uno de ellos. Me refiero a tres pasos dados en este sentido.

Primero. En un momento crucial para la nación y en el que estaban en riesgo la paz y la convivencia de los colombianos, una comisión de Obispos aceptó visitar un número significativo de jefes de las autodefensas recluidos por orden presidencial en el centro penitenciario de Itagüí para exhortarlos a seguir adelante en el camino iniciado y a respetar sus compromisos de defender la verdad, la justicia y la reparación de las víctimas.

Segundo. En medio del escepticismo frente a la negociación de un acuerdo de paz entre el Gobierno Nacional y el Ejército de Liberación Nacional (ELN), que no daba signos explícitos de un avance, la Iglesia respondió positivamente a la invitación de las directivas de esa organización insurgente para adelantar un diálogo en el que se pudieran analizar conjuntamente el contexto nacional e internacional, los aspectos positivos y negativos de la negociación, las dificultades existentes y el horizonte previsto. La Conferencia Episcopal reiteró la disponibilidad de sus buenos oficios para favorecer la marcha de ese proceso e instó al Gobierno Nacional y a esa organización insurgente a dar el aporte pertinente y garantizar la estabilidad y finalización de un proceso. En este marco, la Comisión de Paz de Iglesia contribuyó a superar las tensiones que amenazaban el proceso que se desarrollaba en La Habana.

Tercero. Requerida por el Gobierno Nacional y por el Señor Rodrigo Granda, miembro de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC – EP), la Conferencia Episcopal le brindó acogida cristiana y le posibilitó su tránsito a la libertad en un lugar seguro para él. Las motivaciones de la Iglesia no podían ser otras que las estrictamente humanitarias, pero fueron, además, ocasión para poner en evidencia ante la opinión pública nacional e internacional, la vocación facilitadora seria y confiable y punto de referencia fructífero frente a todo intento de sentar las bases de procesos de paz y de reconciliación.

ACUERDOS HUMANITARIOS

La muerte de los once diputados del Valle pesa en la conciencia de los colombianos. Todos pudimos hacer mucho más para que regresaran vivos. La insistencia en un Acuerdo Humanitario no fue escuchada. Fuimos inferiores en este esfuerzo. Permitimos que murieran sin libertades y lejos de sus familias sufriendo enfermedades, hambre y desprotección.

Por encima de la vida no puede existir ninguna consideración. Este dolor, no es sólo de sus familias, es de todos en el país. Aferrados a Colombia acompañamos a las viudas y a los huérfanos en su duelo. La nación entera debe ponerse de pie frente a la tragedia del secuestro y exigir la libertad de todos los que están injustamente privados de ella.

La Iglesia Católica reclama tolerancia, pero también llama a la sensatez y a la unidad con el Papa Benedicto XVI quien hace poco fijó su mirada en este drama: “Los llevo a todos en mi corazón y los tengo presentes en mi oración, pensando, entre otros, en el caso doloroso de Colombia. Dirijo mi apremiante llamamiento a los autores de esos hechos deplorables, a fin de que tomen conciencia del mal realizado y liberen cuanto antes a todos los prisioneros, para que puedan volver a sus seres queridos”.

DEJANDO ATRÁS EL ATAJO ILÍCITO

Durante mucho tiempo se alimentó en el país la idea de que, obtener logros en términos de poder, de tener, de producir o de consumir, el camino honesto, largo, difícil, lento y trabajoso, podía ser remplazado por el atajo ilícito, rápido y más cómodo.

Esta mentalidad del atajo ilícito está siendo fuertemente golpeada hoy a todos los niveles: político, empresarial y personal. Esperamos que, más allá del sufrimiento que genera en los afectados y sus familias, el país todo pueda vivir una experiencia pedagógica y espiritual de purificación y de cambios de criterio, así que vuelva a preferir el camino honesto y más lento al atajo rápido pero ilícito.

Frente a las horrorosas fosas comunes que van apareciendo, frente a las listas de crímenes que se van revelando, frente a los inocentes que siguen muriendo en una lucha fratricida, todos en el país, y especialmente los jóvenes constructores del futuro, debemos decir: “Nunca más por los caminos de la violencia, atajo fácil pero mortal para las personas y la sociedad toda”.

Nos corresponde la tarea de hacer gustar la ética propia del Evangelio de Jesús que nos dice: “Entren por la puerta angosta. Porque la puerta y el camino que nos llevan a la perdición son anchos y espaciosos, y muchos entran por ellos pero la puerta y el camino que llevan a la vida son angostos y difíciles, y pocos los encuentran” (Mt 7,13-14). Estamos ante una condición para el logro de la paz.

Felicitamos a los medios de comunicación y a la Fiscalía que nos han sabido mostrar el drama de las víctimas especialmente de las desconocidas y que van siendo descubiertas dramáticamente en las innumerables fosas excavadas. Nos unimos a los familiares de todas estas víctimas, niños, jóvenes y adultos, en el dolor que experimentan y los invitamos a cerrar el duelo mediante la oración por sus seres queridos, el perdón a los verdugos y la exigencia de justicia y reparación.

LA VERDAD DE LA PAZ

Como sabemos, Benedicto XVI tiene en la verdad uno de los ejes centrales de su enseñanza. Lo sentimos muy cercano cuando en Colombia ha llegado la hora de la verdad. Estamos buscando la verdad de la paz. Como anoté en el mensaje con ocasión de los 90 años de las apariciones en Fátima, ojalá salga la verdad a flote en toda su integralidad. Pero es necesario advertir que en ocasiones, esta verdad esperada que busca fatigosamente abrirse paso, en lugar de generar reconciliación, reinterpretación positiva del pasado, purificación de la memoria, perdón entre víctima y victimario y esperanza de una verdadera justicia reparadora, se convierte en fuente de venganzas, de acusaciones no probadas, de arma contra los adversarios políticos, de odios malsanos y de mentira que golpea el valor de la vida. En este caso, no es la verdad al servicio de la paz, sino la verdad sacrificada en el horno que cuece las contradicciones y agudiza los conflictos, como si hubiésemos optado en Colombia por vivir un duelo sin fin, cual herida cancerosa que jamás llega a cerrarse.

Ya es hora de dejar de jugar con la verdad como un medio para fines particulares y que ella llegue a ser cristalina para que se cumpla cuanto Jesús nos decía: “La verdad los hará libres” (Jn 8,32).

SOLIDARIDAD

Manifestamos una vez más nuestra solidaridad con los desplazados en el país quienes constituyen una tragedia nacional más, con los colombianos que han debido dejar el país para proteger sus vidas de amenazas reales y cuyo regreso esperamos sea muy pronto, con los sinceramente desmovilizados que desean rehacer su existencia y colocarla al servicio de la vida propia y ajena y con todos los que sufren debido a tragedias naturales o escasez de recursos por falta de un empleo digno.

POLÍTICA EDUCATIVA

Admiramos a los educadores, tanto rectores como profesores, así como a los padres de familia que han sabido oponerse a una campaña deforme y peligrosa de educación sexual patrocinada a nivel gubernamental y definida por los mismos educadores como incitadora a la promiscuidad.

Invitamos a los jóvenes y a las jóvenes a profundizar en la visión cristiana del amor que los lleva a crecer de verdad integralmente sin quemar etapas, sin someterse a aventuras pasajeras y a prepararse convenientemente para formar en el futuro una familia en la fidelidad, la estabilidad y el amor.

CONCLUSIÓN

Al concluir esta intervención, agradezco a Monseñor Fabián Marulanda Secretario General del Episcopado, a Monseñor Oscar José Vélez Isaza, Obispo de Valledupar, al Departamento de Vida Consagrada y a los demás colaboradores que con tanto cuidado han preparado esta Asamblea Plenaria del Episcopado. Agradezco anticipadamente también a los señores Arzobispos y Obispos por su participación dinámica y creativa en la misma para que entremos en una nueva etapa de comunión entre la Vida Consagrada y la Vida Episcopal, para el bien de la Iglesia en Colombia y para la gloria de Dios Nuestro Señor.



I Mucci, G., Carisma e Storia degli Istituti Religiosi, Civiltà Cristiana, Agosto 2006, p.275




+ Luis Augusto Castro Quiroga
Arzobispo de Tunja
Presidente de la Conferencia Episcopal