Nov 22, 2019 Last Updated 11:01 PM, Nov 20, 2019

“¿Vino nuevo en odres viejos?”

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La pequeña y corta experiencia vivida en san Vicente con nuestros estudiantes del propedéutico, me ha puesto en el corazón y en la mente una espina que sigue chuzándome con algunos interrogantes:

¿Son estos jóvenes el nuevo vino para nuestra familia imc? Y si este es el vino nuevo ¿cuáles son los odres que el imc les ofrece?

Las preguntas y reflexiones no quieren ser una crítica a nadie, es decir  como  si fuese “un viejo criticón” que se queja de todo, sino más bien un cuestionar con actitud crítica nuestro modelo de vida religiosa y de misión. Y hago esto con la ayuda del libro que el sociólogo Giovanni Dalpiaz escribió hace dos años[1] ilustrando la religiosidad de las jóvenes vocaciones.

Los jóvenes en general viven en lo global y globalizados. Si no hay “conexiones” con el mundo lejano (el mundo cercano es usado para conectarse con el lejano) el joven entra en crisis y con angustia busca “campo” y “conexión” para llenar el vacío interior. Estas conexiones crean una cultura, la cual determina cuáles comportamientos son los correctos y adecuados, determinando y moldeando así, la identidad personal en sus aspectos más profundos y significativos. Estos se quedan a pesar de una re-interpretación de la cultura. Hasta cuando uno se queda en el nido de su propia cultura…, ningún problema.

Los problemas empiezan cuando se encuentran varias culturas (y esto no solo físicamente sino con el mundo www) y disparan procesos de innovación y cambios sociales.

Nunca como hoy la humanidad ha logrado comunicarse instantáneamente con un “otro presente” sin la presencia física. Global y globalización significa esencialmente la anulación no solo de las distancias sino del consumo (rápido y ya). El paraíso terrenal no está en el pasado sino en el futuro… sin saber cuál sea, porque puede ser lleno de posibilidades o de fracasos (guerras nucleares, religiosas, catástrofes ecológicas, etc.).

La globalización y la velocidad con la cual el desarrollo de las nuevas tecnologías nos empuja al masivo uso de redes sociales, está causando una epidemia de no-comunicación. Se ha creado un vínculo íntimo de comunicación pero con el propio celular, se comparte a veces más tiempo físico con la mascota (perro, gato) que con la propia familia, solucionamos todo usando redes, Whatsapp, Instagram, Twitter, Facebook,etc.

Se actúa con tanta velocidad que hasta maltratamos el idioma mismo, se es ligero en respuestas y comentarios que en ocasiones solo generan peleas, argumentos errados, sesgados o falsos. Consultamos en plataformas como Google, cualquier respuesta que buscamos, sin cuestionarnos muchas veces si lo hallado en la red, es verdad, pues la tarea de investigar, estudiar o leer un libro se está perdiendo. El tiempo libre asusta, pues nuestras manos, ojos y oídos solo se ocupan del celular y sus funciones. 

Esto produce nuevas normas, modelos y direcciones que substituyen la cultura de los odres viejos.

Eso se evidencia en nuestras casas de religiosos ofreciéndonos posibilidades de conocer y escoger.

Al lado de una vida religiosa tradicional, a la cual muchos odres se sienten bien integrados con ideas y valores firmes y antiguos, se ha producido un mestizaje religioso que ha llevado a la marginalidad de la vida religiosa antigua y tradicional, con nuevos pensamientos sobre Dios. Todo esto ha producido irrelevancia de la vida religiosa y menos capacidades de atracción y proposición, a menos que un estilo de vida religioso (y hoy en día hay muchos) no se vuelva “fundamentalista y fanático”.

El mestizaje de la idea religiosa ha creado una creencia vaga e impersonal. En otras palabras, creo que sea más bien un sentido de “pobreza interior” y “falta de sentido” lo que orientaría la búsqueda de una comunidad o de un guía que ayudara para lograr el fortalecimiento interior que tanto hace falta.

Esto lleva a una actitud se ser fiel a uno mismo, a su bienestar personal, a su serenidad emocional, religiosa y psicológica, a ser autónomo moral e individualmente, pero no siempre acompañado por una responsabilidad comunitaria y económica.

Al mismo tiempo, paralelamente al mestizaje religioso de individualidad y globalidad, las instituciones, las tradiciones siguen presentando y ofreciendo “lo viejo” que para los “viejos” son valores y para los “nuevos” son percibidas como imposiciones.

Los jóvenes viven en este mundo global y mestizo (sin enfrentar el tema de la vida privada de nuestros jóvenes con sus experiencias dolorosas vividas en familias muchas veces disfuncionales en donde el problema de la falta de un padre o madre, o del alcoholismo u otra disfunción moldean el cuadro de referencia: esa estructura mental y modo con el cual la gente se percibe en su mundo y percibe a las personas significativas, dentro del cual cada evento, acontecimiento o hecho de la vida personal es interpretado y juzgado), y al mismo tiempo no dan nada por “descontado”.

En Colombia la gente y los jóvenes viven una religiosidad fuertemente orientada a lo sobrenatural, a lo milagroso, a las apariciones, a los espíritus con un entusiasmo emotivo de participación conservadora. Lo importante es “hacer grupo” dentro del cual yo me crezco y encuentro la posibilidad de desarrollarme.

Así que la “vocación” hoy es interpretada en términos de subjetividad, individualidad, es decir: es “mi” opción la de seguir a Cristo y la institución se queda en segundo plano como medio, para desarrollar mi opción.

Me parece siempre más evidente que un joven se acerca a una comunidad preguntando por la “sequela Christi”, por el fundador, por el carisma, PERO, en realidad, lo que el mismo joven busca es más un ambiente, un lugar que favorezca su propia ( y particular) vocación.

El instituto o la comunidad, se vuelve un medio para desarrollar sus necesidades espirituales y humanas y ese enlace dura hasta cuando el ambiente sea adecuado para el desarrollo de su propia vocación. Cuando estos medios desaparecen o no se pueden dar por varias razones comunitarias o económicas, entonces se van en busca de otras comunidades.

El “para siempre” en nuestra comunidad significa “para siempre”, punto y basta. Pero esto da miedo y es siempre más difícil de pensarlo. El “para siempre” muchísimas veces en los jóvenes, significa hasta cuando el Instituto y mi vocación se encuentran con las mismas necesidades y motivaciones. De lo contrario … busco otras posibilidades y el Instituto se queda con sus proyectos, visiones a largo plazo, que ya no son llamativas como en el pasado.

En realidad, cualquier Instituto cree y vive “para siempre” ofreciendo compromisos que requieren continuidad vocacional, geográfica y personal. Los “odres viejos” estaban llenos de “totalidad”, de “para siempre”, de “proyectos a largos plazo”, de “continuidad y fidelidad”, de “espíritu de familia” reconociendo los límites personales que muchas veces oscurecen los ideales.

 Las motivaciones antiguas (los odres viejos) eran duraderas. La fidelidad era el deseo y el compromiso de quedarse firme, constante y libremente unidos a gentes que compartían los mismos valores, los mismos compromisos asumidos a pesar de los cambios culturales y personales. Hoy las motivaciones (vino nuevo) duran menos, y la duración depende de la satisfacción y el placer que uno recibe de su vocación. Acabándose el placer, termina la motivación y así termina el compromiso (“me siento aburrido” es la expresión que más se escucha en una crisis vocacional).

La pregunta ahora es: frente al vino nuevo, tan distinto de lo viejo, ¿cuáles odres podemos nosotros dejar a un lado y cuáles odres no son negociables y tienen que estar siempre presentes?

Para nosotros ¿cuáles partes de las constituciones imc no son negociables? ¿Cuáles estilos de hacer y vivir la misión no son vendibles? ¿Vamos a dejar lugares de presencia misionera solo porque no hay conexiones o internet, tan vitales para el vino nuevo? ¿Cuáles enseñanzas del Fundador no son negociables? ¿Los odres que ofrecemos tienen todavía sentido o ya no son válidos? El gran odre del Instituto ¿tiene todavía sentido y tiene que durar eternamente?

En mi opinión creo importante que recordemos que no somos nosotros los que decidimos si el carisma nuestro deba durar para la eternidad. Solo Dios es eterno. Si no llegan vocaciones, esto no depende, ni es causado por nuestra falta de testimonio (no tenemos que aumentar el sentido de culpabilidad) sino más bien por el cambio estructural en el modo de percibir la sexualidad, la afectividad, las relaciones y las comunicaciones. Esto hace parte del vino nuevo que toca a la puerta de los odres. En este sentido la gente ha cambiado y sigue cambiando. Y nosotros ¿qué? ¿Vamos a romper nuestros odres?

Y cuando nuestra oración y trabajo para “tener vocaciones” no es escuchada, entonces es mejor que todo eso nos lleve a pensar en una re-estructuración de nuestras obras, suavizando nuestras presencias.

¿La formación sirve para añejar el vino nuevo para que quepa en los odres viejos o para crear odres nuevos? Así como el “marketing” se aplica a todo, será que debemos preparar un Kit de misioneros IMC?, ¿Qué herramientas podríamos incluir para mantener nuestro carisma tan especial como es la misión con la fuerza y la ternura de la consolación?

Me he sentido muy complacido viendo jóvenes que buscan entregarse a Jesús a través de nuestra familia misionera, pero ¿cuáles son los cambios necesarios en los viejos odres sin perder lo sustancial? Es una tarea significativa e importante, y a mi parecer necesita una respuesta inculturada localmente.

Buen trabajo.

San Vicente 18 de octubre de 2019


[1] Giovanni Delpiaz, Volete andarvene anche voi?, CDB, 2017

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