EL AÑO DE LA FE Y LA VIDA CONSAGRADA

La radiografía actual del cristianismo señala que la situación de fe en el mundo presente se encuentra en crisis. Consciente cabalmente de eso, el Santo Padre Benedicto XVI lanzó el año de la fe con el motivo de que sirviera de ocasión especialísima para vigorizar la fe de los cristianos católicos. En este sentido, el año de la fe es una gracia que Dios ha dado a todos los seguidores de Jesucristo a fin de reflexionar, meditar e interiorizar cada vez más las maravillas de Él en sus vidas. Al mismo tiempo, es una coyuntura dada a los cristianos para evaluar y medir su recorrido del seguimiento de Cristo. Ahora bien, no se puede negar que todo eso es un desafío que hay que asumir puesto que el año de la fe “es una invitación a una auténtica y renovada conversión al Señor Jesús, único Salvador del mundo[1].”

Vale notar que esta invitación no excluye a nadie. Está extendida a todos los fieles católicos tanto activos como indiferentes, a fin de que revisen acabadamente su compromiso de seguimiento de Jesucristo. Es incuestionable que la única forma de que eso se haga realidad es por medio de la fe, puerta que introduce a todos en la vida de comunión con Dios[2]. De hecho, es por esa misma razón que la invitación está también extendida aun de forma más aguda a todos los consagrados y consagradas. En este año de la fe, los religiosos y religiosas están recordados que “por la fe hombres y mujeres han consagrado su vida a Cristo, dejando todo para vivir en la sencillez evangélica la obediencia, la pobreza y la castidad, signos concretos de la espera del Señor que no tarda en llegar.”[3] Por ello, la fe es la piedra angular y el fundamento inconmovible de la vida consagrada. No se trata de poseer la fe en cualquier cosa; es tener fe autentica y creer en aquel que Dios ha enviado (Jn 6,29), Jesucristo, camino por el cual se llega a la verdadera salvación. Por ende, sólo por la fe será posible la autentica conversión tanto personal como comunitaria.

 

LA FE, BASE FUNDANTE PARA COMPRENDER LA VIDA CONSAGRADA

Es preciso subrayar que la definición teológica de la vida religiosa tiene su fundamento y validez en la fe. La vida religiosa es una experiencia de fe y así, puede entenderse verdaderamente desde la misma. Tratar de hacer intento de entenderla desde otros presupuestos es “condenarse irremediablemente a no comprenderla.”[4] Por ello, queda clarísimo que hacer una hermenéutica de la vida consagrada sin la fe como base es equivalente a echarla al abismo de incomprensión.

Pero, ¿qué es la fe? Para contestar este interrogante, todos se pondrán de acuerdo que la fe no es una cosa difícil de definir. Simplemente es un don gratuito que Dios regala a todos. La profesión de fe que hizo san Pedro es una muestra de eso. Cabe recordar que cuando Pedro confiesa que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios vivo, Jesús le dice que esta revelación no le ha venido de la carne y de la sangre, sino del Padre que está en los cielos (Mt 16:17, 11:25). En este sentido, la fe es un don que proviene de Dios, una virtud sobrenatural infundida por Él y al hombre le es posible por los auxilios interiores del Espíritu Santo. A este respecto, la fe se vuelve una adhesión personal del hombre a Dios y el asentimiento libre a toda verdad que Dios ha revelado.

Fuera de eso, ¿cómo se definiría este género de vida? Así pues, la vida religiosa como expresión de fe es “una representación sacramental en la Iglesia de Cristo virgen-obediente-pobre.”[5] Es importante aclarar que lo sacramental de la vida religiosa implica la idea de visibilidad, de realismo, y de eficacia. De esta manera, la vida consagrada presenta de nuevo, perpetua, renueva y prolonga en la Iglesia el género de vida vivido por Cristo. Por ello, se considera que en la vida consagrada es Cristo quien sigue viviendo su misterio de virginidad, obediencia y pobreza.

Ahora bien ¿qué valor explícito tendría el año de la fe para la vida consagrada? Principalmente, la importancia del año de la fe se radica explícitamente en la invitación de los fieles católicos a una conversión autentica a Jesucristo. Esta invitación para los religiosos y religiosas es un valor inestimable que no puede pasar desapercibido por su gran relevancia tal como se indica a continuación:

 

  1. 1.    RECUPERACIÓN DE LA TRANSPARENCIA EVANGELICA

La vida religiosa tiene su base inquebrantable en el Evangelio. Por eso, no puede perder caminar decididamente de cara al Evangelio, así que tiene que recuperar la transparencia evangélica, sobre todo, en momentos donde esta cualidad en alguna forma ha perdido rumbo. Desde luego, esta aspiración no puede ser conseguida sin mirar entusiastamente a la persona de Jesús con toda sinceridad de corazón. Hay que tener en cuenta que Jesucristo es lo más nuclear de la vida religiosa. Pues, en este año de la fe se hace menester la superación de lo accesorio y todo lo superfluo que nos desvía fácilmente del camino recto de nuestra consagración a fin de poder concentrar nuestras energías en lo más valioso de la vida consagrada, o sea, en la persona de Jesucristo, fundamento del ser y quehacer de la vida consagrada.

Asimismo, la transparencia evangélica invita incesantemente a una fidelidad al Evangelio. La norma última de la vida religiosa es el seguimiento de Cristo. En este sentido, el Evangelio es la regla primordial para los consagrados y consagradas. Sólo desde el Evangelio se puede procurar la autentica renovación tanto por dentro como por fuera. La vida consagrada es un seguimiento radical de Cristo y toda la tarea de renovación consiste en un deseo ardiente de seguir el estilo de la vida de Jesús, esto es, revivir y testimoniar el género de vida casta, obediente y pobre de Jesucristo.[6] La virginidad, la obediencia y la pobreza constituyen el estilo propio del vivir y el pensamiento de Jesús, así que seguirle en esta triple dimensión hace que la vida consagrada se vuelva sacramento de la vida de Cristo en la Iglesia. Frente a eso, cabe preguntarse: ¿Es fácil mantenerse del todo fiel al Evangelio? Se atrevería a decir que no es nada fácil, sin embargo, es una llamada a que los religiosos y religiosas sean fieles al Evangelio porque la vida que abrazan ellos es evangélica y desde el Evangelio se puede descifrar esta forma de vida que el mismo Cristo vivió. El Evangelio de Marcos puede ayudarnos a entender esto cuando Jesús mismo invitó al hombre rico a que vendiera lo que tenía para seguirle: “(…) Vete, vende todo lo que tiene y reparte el dinero entre los pobres y tendrás un tesoro en el cielo.” (Mc 10:21). Pues sí, la radicalidad al Evangelio tiene un camino parecido a la llamada que hizo Jesús a éste.

Por tanto, en este año de la fe se hace necesario fortificar la base de la vida religiosa, el Evangelio, que es la vida según el espíritu de Jesús. Fortalecerse en el Evangelio conlleva la idea de beber desde las fuentes de la vida consagrada, es decir, desde el Evangelio sin el que no se puede procurar ningún intento de perfección en la vida religiosa. Es un quehacer que requiere conversión completa de parte de los consagrados y consagradas.

 

  1. 2.    RECONSIDERACIÓN DE LA VIDA COMUNITARIA

Según la radiografía actual de la vida consagrada, la vida comunitaria se halla relegada al margen, y en algunos instantes al olvido en la mentalidad de algunos religiosos y religiosas. Ella cada vez más está reemplazada por la imperante mentalidad del activismo. Cabe recordar que es la comunión de vida en y con Cristo que define la vida cristiana y de forma singular la vida religiosa que se expresa sacramentalmente, es decir, en comunión de vida con los hermanos y hermanas. Este aspecto tan fundamental se encuentra a veces olvidado y la vida comunitaria cada vez más está plasmada por presupuestos meramente sociológicos y sicológicos donde se están formando grupos naturales a fin de buscar una homogeneidad en temperamento, edad, ideología, nacionalidad, entre otros, como fundamentos inalienables para la comunión. En este sentido, es el compañerismo y la camaradería sin valor testimoniante en que se está cayendo la mayoría.

Para ello, en este tiempo de gracia que se ofrece por medio del año de la fe,  valdría la pena retomar la importancia de la vida comunitaria, debido a que es ella que resume todo el contenido de la vida religiosa y constituye lo más esencial de la misma. Además, es un momento de darse cuenta de que la vida comunitaria no es sólo estar juntos, sino estar unidos todos y todas como hermanos y hermanas en Cristo. Jesucristo es la base trascendente de la vida comunitaria y desde la comunión con Él emana todo el proyecto comunitario. Por eso, el año de la fe seria un momento básico para recuperar la talla imprescindible de la vida comunitaria ya que en la vida consagrada no hay ninguna realidad que pueda expresar más la presencia real y actual del Reino de Dios que la comunión fraterna.

 

  1. 3.    RENOVACIÓN DEL “SI”  DE  NUESTRA CONSAGRACIÓN

Antes que nada, todos los cristianos se consagran a Dios uno y trino en el Bautismo. Los religiosos y religiosas de manera más radical se consagran a Él a través de la profesión religiosa para prolongar y re-presentar el género de vida que Cristo vivió aquí en la tierra. Así pues, el año de la fe es una coyuntura principal para los consagrados y consagradas a fin de adherirse a la invitación exclusiva de renovar su consagración ferviente al Señor Jesús. El Sí profesado y ratificado públicamente por la profesión religiosa hace que los consagrados y consagradas se comprometan más a ser servidores de la misión de Jesús. Ese Sí de consagración no tiene otra finalidad más importante que la misión puesto que los religiosos y religiosas se consagran a Jesús, en primer lugar, para seguirle testimoniando la vida casta, obediente y pobre de Cristo, y en segundo lugar, para la misión. Así que, la misión para los religiosos y religiosas es un componente inherente de su ser y un cuño imborrable que les identifica como obreros en la viña del maestro Jesús.

 Bajo ese respecto, el año de la fe es un tiempo para renovar  fervientemente el Sí a Jesús y a la misión de Él. Es tiempo para fortalecer el vínculo íntimo con Jesús quien llamó libremente a los que Él quiso (cfr. Mc 3:13) en la vida consagrada, y a su vez, ellos le respondieron libremente que “sí” por medio de la consagración religiosa. Por eso, es necesario abandonarse en Jesús, es decir, dejarse conducir por Él en todo el itinerario de nuestra consagración.

Eso implica también un retorno permanente a lo más original y a los valores básicos de la autentica vida consagrada. A este respecto, la renovación del “Sí” requiere hacer una introspección de cómo se ha vivido esa consagración a fin de que se pueda vivificar el entusiasmo y la fidelidad a Jesucristo, arquetipo innegable de vivir la vida consagrada. Así que, vale no perder de vista que la consagración religiosa tiene sentido desde la persona de Jesús (su palabra y modo de vivir) y sólo puede renovarse desde Él y del Evangelio.

 

  1. 4.    RETORNO AL PROPÓSITO PRIMIGENIO DEL CARISMA FUNDACIONAL

El carisma fundacional de un instituto religioso es la idiosincrasia propia, la manera de ser y el espíritu dado por el fundador o fundadora bajo la inspiración del Espíritu Santo. Así pues, este año de la fe será otro momento para volver a beber de las fuentes principales para los consagrados y consagradas, es decir, desde el carisma fundacional. Volverse a beber del carisma implica renovarse desde el espejo de la índole fundacional. Esto implica un retorno constante a las fuentes de toda la vida cristiana y a la primigenia inspiración de los institutos religiosos[7]. Es importante recordar que la inspiración fundacional hace que un instituto religioso sea lo que es dentro de la Iglesia ya que el carisma es el carácter propio y el estilo de vida de éste. Por lo demás, es fruto de la intuición sobrenatural de los fundadores y fundadoras. Para ello, es preciso hacer esfuerzo en mantener la fidelidad a la primitiva inspiración de los fundadores y fundadoras. No obstante, no hay que olvidar que el carisma no es algo estático; siempre admite evolución, enriquecimiento y progreso, aunque todo eso tenga que estar en sintonía con la inspiración originaria del fundador o de la fundadora. La fidelidad al carisma propuesto por los fundadores y fundadoras significa traducir su espíritu en diferentes contextos, y ponerlo en práctica de acuerdo con los signos de los tiempos.

No caben dudas que la fe es el motor que hace que sea posible realizar la fidelidad a la inspiración fundacional. Además, es el fundamento sólido sobre el cual se edifican las posibilidades y potencialidades de abrir el carisma fundacional a diferentes contextos y culturas. Por consiguiente, el año de la fe puede ser una ocasión motivadora para los religiosos y religiosas de suerte que puedan volver cada vez más a los principios fundamentales de su carisma fundacional. Los institutos religiosos se configuran gracias a la iluminación del Espíritu de Dios a los fundadores y fundadoras, brújula que no cesa de guiar el rumbo y caminar de los institutos aun en momentos tan dramáticos.

 

 

 

  1. 5.    RENOVACIÓN ESPIRITUAL

El año de la fe, por lo general, fue lanzado para que los cristianos llegaran a una renovación autentica de su fe en Jesús, teniendo en cuenta que creer en Él es el camino para poder llegar de modo definitivo a la salvación. En este sentido, los cristianos han de descubrir de nuevo el gusto de alimentarse con la Palabra de Dios y el pan de la vida (Jn 6:48), sustento para los que creen en Jesús para que se mantengan firmes en el camino hacia una renovación auténtica. Hay que decir que dicha renovación es principalmente espiritual que debe traducirse en norma de vida y vivencia diaria. La renovación espiritual no es un horizonte fuera del mundo religioso, de hecho, es la base y principio animador de cualquier forma de renovación. El concilio Vaticano II no se detiene en recalcar la importancia de este aspecto al decir que: “ordenándose, ante todo, la vida religiosa que sus miembros sigan a Cristo y se unan con Dios por la profesión de los consejos evangélicos, hay que considerar seriamente que las mejores acomodaciones a las necesidades de nuestro tiempo no surtirán efecto, a no ser que estén animadas por una renovación espiritual, a la que siempre hay que conceder el primer lugar, incluso al promover las obras externas.”[8]

Pues, el año de la fe brindará la especial oportunidad para la renovación espiritual en el sentido de que los consagrados y consagradas se podrían renovar por dentro y por fuera. Así, la renovación espiritual implicaría una conversión y cambio de mentalidad, en síntesis una metanoia. El criterio que debe regir este camino es la fidelidad a la vida y a la palabra de Cristo, quiere decir, ajustarse a las exigencias del Evangelio y a la lógica del Reino. Toda la renovación espiritual es una tarea de configuración con Cristo, o sea, dejarse invadir por su espíritu, identificarse con Él y seguirle en su estilo de vida.

De la misma forma, la vida espiritual del religioso y religiosa debe centrarse en su vocación, es decir, en su consagración. Esto significa que no se debe buscar otros elementos de la espiritualidad fuera del ámbito de la propia vocación. Es un reto que hay que asumir especialmente en el mundo de hoy donde la vida consagrada para algunos es un especie de despilfarro[9] de energías humanas que, según el criterio de eficiencia, sería mejor utilizadas en bienes  más provechosos para la humanidad.

Todos estos retos hay que combatirlos con una arma de doble filo; la fe en Jesucristo. Es Él que llama a seguirle en la vida religiosa. Para ello, la renovación espiritual tiene que partir desde Cristo, porque la vida consagrada sólo tiene sentido desde Él, desde su vida y su mensaje que crean una situación y nueva manera de vivir.

 

  1. 6.    APRENDER DE MARIA

La Madre del Redentor es el modelo por excelencia de la fe. Toda su vida se resume desde el punto de vista de fe, de tal manera que es proclamada la bienaventurada porque creyó (cfr. Lc 1:45). En la pericopa de Anunciación (cfr. Lc 1:26-38), la Madre de Dios  no se cesa de ser el ejemplo inspirador para todos los religiosos y religiosas. La expresión de su fe después del mensaje del ángel Gabriel de que ella iba a ser la madre del Redentor deja mucho que aprender: “Que se haga en mi según tu palabra” (Lc 1:38). Ese atrevimiento a confiar totalmente y a dejarse abandonar por completo en la confianza de Dios es un desafío que hay que tomar en este año de la fe. Ella nos enseña que no hay que preocuparse mucho, sólo basta con una cosa: creer del todo en Dios y con eso todo se arregla después. Toda la vida de la Santísima virgen María fue un recorrido de pura fe. Después de que los pastores contaron lo que los ángeles les habían dicho del niño recién nacido (cfr. Lc 2:17), María conducida por la fe guardó todos esos acontecimientos y los volvió a meditar en su interior (cfr. Lc 2:19).

 En el camino hacia Egipto para salvar al niño Jesús del genocidio de Herodes, todo lo hizo junto con su marido José por la fe (cfr. Mt 2:13-17). En la vida pública de Jesús, la madre de Dios como primera discípula de su Hijo entendía todo lo que Él hacia bajo el espejo de la fe. En este sentido, conviene recordar sus palabras de fe en la boda de Caná: “Hagan lo que Él les diga” (Jn 2:5). Conducida por la fe, Ella ayudó a que la boda no se convirtiera en una ocasión de amargura. Por ello, aconsejó que se pidiera a Jesús el vino fino para que la celebración nupcial pudiera continuar. Por la fe de María en su unigénito, el problema quedó resuelto y así, se recobró la alegría de festividad. De igual manera, en el momento dramático de la cruz, la madre de Jesús no perdió la fe, de hecho, estaba muy cerca de la cruz con él (cfr. Jn 19:25), viéndolo pasando por la agonía del calvario. En síntesis, toda la vida de la Santísima Virgen María fue un camino de fe. En recapitulación, para los religiosos y religiosas es un modelo para imitar porque ella creyó que en Dios todo era posible desde el anuncio del nacimiento de Jesús hasta su resurrección y en la vida pos-resurrección. Por ende, María es el modelo de fe por antonomasia.

 

 

 

 

 

 

CONCLUSIÓN

 La fe es la base que sostiene el empeño y esfuerzo del seguimiento de Cristo para todos los bautizados. Asimismo, ella es el sostén sin el cual queda imposible entender el sentido de la vida consagrada. Pues, este año de la fe ofrece una oportunidad a cada consagrado y consagrada para robustecer su fe en el Resucitado y para comprometerse aun más en la misión de Él. La renovación autentica de fe en Cristo a la cual cada bautizado católico está invitado a adherirse exige esfuerzo y convicción. Por ende, hay que dejarse penetrar por el Espíritu de Dios para que este año de la fe produzca frutos renovadores en la vida de los consagrados y consagradas.



[1] Benedicto XVI, Carta Apostólica en forma de Motu Proprio Porta Fidei, 12.

[2] Cfr. Ibíd. 5.

[3] Ibíd.13.

[4] Alonso Severino M, La vida consagrada, Octava edición, 16.

[5] Ibíd. 17.

[6] Cfr. LG 44 y 46.

[7] Cfr. PC, 2.

[8] PC, 2e.

[9] Cfr. Ibíd. 182.

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